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Atravesando el Trampolín de la Biodiversidad.

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Estoy recordado que las gafas oscuras no son solo para el sol. Pasando el Humedal San José del Chunga, en Sibundouy, un zancudo ha perdido su vida contra mi ojo izquierdo. Debo suspender mi marcha, poner pie en tierra, y retirarme el pequeño insecto que agoniza en mi lagrimal. La molestia es intensa, un par de kilómetros adelante me obliga a detenerme en San Francisco. Busco en mis alforjas una gotas oftalmológicas que apacigüen el sensación de tener aún algo adentro. Quizá  es el alma del zancudo revolcándose en mi vista, por los pecados que ha cometido la noche anterior desvelando a alguien.

Mientras guardo las gotas, me doy cuenta que al otro lado de la carretera, diagonal a mi, hay un restaurante. Es mi oportunidad para desayunar, quizá el zancudo del todo un es un malandro, sacrificó su vida por mi, algo que más adelante le agradeceré una y otra vez.  Cruzo la calle, me siento en la mesa que está afuera y espero a ser atendido.

El restaurante es un pequeño espacio en un primer piso, dividido por una pared justo en la mitad. Ocho mesas de plástico rojas, ajustan con sus paredes color amarillo y azul un espectáculo tricolor. En el lugar hay cuadros decorativos enmarcados en biseles color oro, uno de ellos es la Princesa Diana de Gales sonriendo. Al fondo, en una de las mesas, hay una colección de diez botellas de cerveza, todas vacías. Es lunes, quizá ayer Domingo los pecadores fueron otros.

En pijama, despeinada, con un saco gris decorado con lentejuelas y brillantes llega a la mesa Kelly, la mamá de Santiago, un niño de unos nueve años, listo para ir al colegio que juega por todas la mesas con Vegeta, su muñeco de plástico que vuela y se estrella con todo. 

-¿Qué tiene de desayuno? Pregunté

Su cara de circunstancia me hace sentir que no hay nada. Ella sin decir nada da media vuelta, va hasta la cocina que está al fondo, habla con una señora mayor que ella y pronto regresa a la mesa.

-Solo tenemos carne, pero es muy rica, viene con lentejas, arroz, papa, huevo, ensalada y patacón.

Sus argumentos de venta no eran necesarios, tenía hambre y había una advertencia de Diego Rojas, un viejo amigo que me repitió una y otra vez: coma bien, allá no hay nada, eso es solo trocha.

La trocha a la que se refería es el popular “ Trampolín de la Muerte” o como lo llaman los habitantes los habitantes de Putumayo “ el Trampolín de la Biodiversidad”. Una estrecha vía sin asfalto que conecta el Valle de Sibundoy con la capital, Mocoa.

A la mesa llega a lo colombiano, un delicioso “brunch”. En verdad la carne es deliciosa, en su punto, sazonada y  bien adobada. Mientras como, en la televisión nacional anunciaban la erupción del Sinabung, un estratovolcán en Indonesia que permanecía en alerta roja hace unos días. La vista al televisor la estorba la cabeza de Susana, quien se dispone a recoger en una caja de cartón las botellas que han dejado los borrachines. En ese momento un  camión blanco,  se detiene al otro lado de la carretera, suelta el freno de aire y el carro se apaga. De la cabina baja un transportador y camina en dirección al restaurante, pero antes de entrar, se detiene a observar mi bicicleta antes de sentarse en la mesa.

-Solo tenemos carne.  Advierte Kelly, quien va saliendo de la cocina tomando a su hijo de la mano. Lo lleva afanada para el colegio. El pequeño debe aligerar sus pasos, para ir a la par de la mamá, mientras lleva en su mano derecha a Vegeta volando de mesa en mesa.

Indio comido, indio ido dicen por ahí. Me espera una larga jornada. Me paro de la mesa y sigo pensando que el transportador quiere decirme algo desde que llegó al restaurante. Su mirada trata de buscar la mía. Así que decido hacer todo más fácil, preguntándole si en la camino puedo encontrar comida.

-Si hay pero llene todo lo que pueda acá, es mejor. Ojalá pueda pasarlo en un día.

“ojalá pueda pasarlo en un día” es la frase que rebota en la cabeza los primeros kilómetros. Eso mismo me advirtió días atrás Takahiro Ushi, un cicloviajero japonés que lleva 8 meses recorriendo toda América. Nuestros caminos se cruzaron en el Páramo de Quilinsayaco, allí a 2800 metros de altura, me contó que duró 3 días pasando de Mocoa a Sibundoy y aunque mi camino era contrario, suponía que no sería fácil. De eso se trata el viaje, de disfrutar incluso las adversidades, hacen parte de la aventura. Si no queremos sentir dolor o esforzarnos, es mejor quedarse en casa.

“No tuve tiempo de despedirme porque la prisa del tiempo fue más rápida que mis deseos, en aquel duro momento quiero que me recuerden como aquel hombre alegre, optimista con ganas de salir adelante y triunfar en la vida”  esta era  la inscripción que acompañaba al Señor de la Misericordia, encerrado en una caseta de color blanco con verde. Un caseta que parecía un buzón de correspondencia, ubicado a pocos metros de la quebrada Chorlaví el mismo lugar donde el conductor  Floriberto Guaspud había perdido su vida hace tres años arrastrado por la quebrada.

El valle de Sibundoy desapareció  rápidamente a mi izquierda, la montaña me abrazó entre bruma espesa y lluvia. Después de ver tantas cruces apostadas con dedicatorias como la de Floriberto,  empiezo a llevar la cuenta de las quebradas que atravesaban la carretera para distraerme. Es en realidad el miedo una droga alucinante. Una droga que nos pone en escenarios imaginarios, además, innecesarios.

“Pic-pic” “tac-tac” “tuc-uuu” “kik-kik” y una larga lista de cantos de diferentes especies de aves me entretienen. De la montaña nace entre el musgo gotas de agua cristalina. El agua cae sobre mi sombrero, que ya pierde su contextura rígida. Huele a aromática con humedad,  la irregular  y delgada carretera es ataviada con barro de todos lo colores. Cuando me detengo a tomar una fotografía, desaparece el ruido de la cadena de mi bicicleta y del contenido de mis alforjas estrellándose contra todo. Entonces aparece de la manera más natural, esa pista de audio que usamos en la ciudad para relajarnos: La copla de los pájaros, el porrazo de la lluvia contra los arboles, la poesía del rio contra las rocas. De mi rostro, brota como en un páramo, gotas que se deslizan por mi rostro. Lloro de felicidad por todo lo que puedo apreciar. El miedo se ha oxidado con tanta lluvia, con tanta belleza. Es un paisaje que nunca había visto en mi vida.

La subida es lenta, pero mucho más el descenso. Apretujar los frenos en la bajadas, me hace doler las manos. Mantener el equilibrio de Zumbambica cargada con casi 40 kilos, no es fácil. Trato de no estar cerca al borde, los precipicios son muy altos y causan vacío.

Sobre el medio día, me veo envuelto en algodón blanco, las nubes han bajado a tocar la sierra,  escasamente puedo ver lo que está frente a mi unos tres cuatro metros adelante. En una curva, disminuyó la velocidad, a mi izquierda, una moto Kawasaki de color verde. Nos detenemos bajo una fuerte lluvia, el motorizado sube la visera del casco, entonces, aparece unos ojos de color azul casi gris alojados en un rostro blanco.

– «Siempre hay uno más loca. ¿Cómo hacer tu esto en bicicleta? Hola, soy Dorris»

Cuando sé que es Alemana, comprendo que su nombre es Doris, quien da una rápida voz de aliento y se pierde entre la fosca blanca. Entre pasos de agua, altas cascadas y ríos que atraviesan mi camino, la cuenta asciende a 78 vertientes. Es hora de buscar refugio para comer. Al costado derecho, encuentro una pequeña casita de ladrillo, pintada color crema y amarillo. Es un pequeño altar de Nuestro Señor de los milagros, acompañado a la izquierda con un cuadro de la Virgen de la Visitación y a la derecha San Sebastian.

Catorce velas están encendidas, ¿quién las ha encendido? Me pregunto mientras saco de mis alforjas algo que he denominado en este viaje como  “tuna pocket” una lata de atún con  galletas de soda. Al lugar llega Ronald y Sebastián,  dos ciclistas, tapados con un bolsa negra hecha camiseta para repelar la lluvia.

Así seguía concibiendo la petición que demandé días atrás en Ipiales a la Virgen de las Lajas: Ayuda en los momentos más difíciles. En silencio le di gracias al zancudo que se estrelló en mi ojo en la mañana, había cumplido su objetivo de hacer que desayunara antes de iniciar esta aventura.

Ahora sorteo la “carretera” junto a ellos. Aunque los primeros kilómetros no cruzamos palabras pierdo la cuenta de las cascadas, mi mente se concentra en no perder el ritmo. En compañía es menos punzante el dolor físico que estoy experimentando.  Ellos pedalean sin compasión, estoy tratando de no perder su rueda, hasta que la vibración desajusta el tornillo del espejo retrovisor de Zumbambica. Debo parar, retroceder unos cuantos metros y recogerlo.

Discúlpeme lector, pero como lo ha dicho ese amigo ordinario, que sé, usted también tiene: “ tengo mojadas hasta la huevas por dentro” Ante la torrencial lluvia que cae no hay impermeable que valga.  Nuevamente en solitario, cruzo las torrenciales cascadas del camino. El terreno es empinado y el chasquido de los dientes aparece, el frío es despiadado.

En el “filo del hambre” exactamente donde termina el ascenso, está esperándome Ronald y Sebastián en una caseta de madera, donde funciona un sencillo restaurante. Zumbambica ha quedado estacionada a un lado del camino. Entro al lugar, pido una agua de panela, por el vapor que sale del termo, sé que está muy caliente, pero mi boca no lo siente.

A las 4:30 de la tarde, 25 Kilómetros nos separan de un lugar conocido como El Pepino, donde termina el terreno irregular. La lluvia no tasaba nada, un intenso chaparrón se precipitaba sobre nuestra humanidad. El descenso empieza. Sebastián ha perdido por completo los frenos de su bicicleta, por esa razón prefirió frenar la rueda trasera con la suela del zapato. Si es arriesgado o no, decido imitar su maniobra para reducir la velocidad de Zumbambica, específicamente en las curvas, donde siento que no tengo la suficiente fuerza en las manos para frenar.

Faltando 10 kilómetros, para terminar, Sebastián es remolcado por una patrulla de la Policía, el ofrecimiento llega a mi, pero la historia que me está contando Ronald pudo más que el dolor y el cansancio. Me niego a subirme a la camioneta. (así somos los periodistas)

En el descenso Ronald me cuenta su aventura en Vista Hermosa, Meta cuando era soldado profesional años atrás: allí las mujeres de las FARC se hacían pasar por trabajadoras sexuales, para luego obtener información de los militares, eso que llaman hacer inteligencia, incluso, en algunos casos, los soldados amanecían degollados en las casas de genocidio.

“ Usted cree que en la guerrilla solo hay indiecitas, no. Eso allá hay unas viejas con tremendos culos y patotas”  suelto la carcajada,  y le sigo preguntado por sus vivencias en el Ejercito. Cuando me contó el motivo de su retiro, el tono de su relato cambia, se notó que aún lo afectaba. Ronald dejó la tropa hace más de dos años atraído por una mujer y la promesa de formar un hogar. Desafortunadamente su romance no fue lo que esperaba y todo llegó a su fin.

– A veces me arrepiento de haberlo hecho, ¡agg que cagada! pero ya que.

Cruzamos un río que atravesaba la vía. Una fuerte quebrada que primero sortea una moto. Ronald me da seguridad y me dice que lo siga, él sabe por dónde pasar. Pie al fondo del rio que me llega a las rodillas, es mejor pasar caminando. Como dice Alfredo mi amigo el ordinario, tengo mojadas hasta…

El terreno mejoró, aunque la vía sigue destapada, podemos descender más cómodos. Ronald ha bajado mucho más rápido que yo, tal vez ha cumplido la misión de la Virgen de las Lajas. Sin decir adiós desaparece en la carretera. Nunca más lo volveré a ver.

El cielo se abre, un azul contrasta con el verde de la montaña. El premio por el esfuerzo del día aparece frente a mi: tres guacamayas abren vuelo muy cerca, es un espectáculo de la naturaleza que guardaré como uno de los mejores momentos de este viaje. restan pocos kilómetros para terminar este día.

Son los transportadores los que prenden velas pidiendo protección a la virgen del Carmen en esta peligrosa vía. Una corredor de barro espeso que diferentes gobiernos negligentes y corruptos, han diseñado en complicidad de la montaña para que sus transeúntes marchen lento. Tan lento, que estén obligados a observar una de las zonas más biodiversas de nuestro país: Putumayo.

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